Mazda CX-6e (2026) - El CX-60 eléctrico | Impresiones de conducción
Con el CX-6e, Mazda ha seguido la misma línea de trabajo que con el 6e. Es decir, toma de base un modelo destinado al mercado chino (en este caso el Mazda EZ-60, que a su vez comparte desarrollo con el Changan Deepal S07) y hace adaptaciones en la puesta a punto de la suspensión, los frenos y la dirección para que su conducción se asemeje a la de sus modelos de combustión tradicionales.
El resultado no es en malo, pero puede que no guste a todo el mundo. Objetivamente es un coche al que no se le pueden poner muchas pegas en prácticamente ningún aspecto: es normalmente cómodo a pesar de que la suspensión es firme, la carrocería no se mueve mucho en las curvas, todos los mandos funcionan con suavidad, está bien aislado del ruido exterior y la calidad de rodadura, sin ser excepcional, también es lo suficientemente buena como para que los viajes transcurran en un ambiente tranquilo y agradable. Un coche que, a buen seguro, cubre las necesidades de un público amplio.
Ahora bien, aquellas personas que estén acostumbradas al característico tacto de conducción de la mayoría de modelos de Mazda, probablemente se sientan defraudadas. Como he comentado, es correcto en todos los aspectos, pero no es un coche «especial» en este sentido, con menos personalidad que, por ejemplo, un CX-30 (ágil, con buen tacto de dirección) o incluso un CX-60 (de tamaño similar y planteamiento familiar, pero con mejor tacto general de conducción). Un buen coche, a fin de cuentas, pero que no sobresale a nivel dinámico como sí lo hacen otros modelos de la marca (con alguna excepción, como el Mazda6e y el CX-5).
El único motor disponible por el momento tiene 258 caballos y se encarga de mover las ruedas traseras. Tiene potencia de sobra para mover el coche, a pesar de los 2200 kilos que pesa éste, pero su entrega de potencia es tremendamente progresiva y lineal. Un tipo de programación muy conservadora que resulta cada vez más habitual (no solo en Mazda) y que tiene como objetivo facilitar al conductor la capacidad de control sobre el acelerador (sobre todo al salir desde parado y a bajas velocidades), pero que no convencerá a aquellos que busquen la instantaneidad e intensidad que suelen tener este tipo de motores.
Para la frenada regenerativa, Mazda ha implementado el mismo sistema que en el 6e, donde hay cuatro niveles predefinidos a los que solo se puede acceder si se selecciona el modo de conducción personalizable (en los demás, el nivel de retención es fijo). Se han de modificar mediante un menú del sistema de infoentretenimiento, lo cual resulta un engorro en marcha, y ninguno de ellos sirve para detener el coche (no hay un sistema de pedal único), aunque el más intenso reduce mucho el uso del pedal de freno.
Sobre el consumo no puedo dar una opinión con mucho fundamento porque, durante la presentación del modelo, el ritmo de circulación fue muy cambiante y transcurrió en condiciones casi idóneas: temperatura ambiental de poco más de 20 grados (eso si, con el climatizador del coche siempre conectado), velocidad media más bien baja y sin apenas desniveles. No obstante, el dato de consumo registrado por el coche puede servir para hacerse una idea aproximada: 15,7 kWh/100 km en un trayecto de 65 km y 16,4 kWh/100 km en otro de 42 km. Teniendo en cuenta que la batería tiene 78 kWh, con ese tipo de conducción debería resultar sencillo superar los 400 kilómetros entre recargas. No obstante, cuando probemos el coche con más detenimiento, daremos una opinión más certera sobre este asunto.